Osmay Vazquez

Como México no hay dos

En honor a la verdad, no sé exactamente en qué categoría de este blog cabría mi agradecimiento a México y a los mexicanos. Es tan grande, que probablemente nunca consiga el espacio apropiado, ni tenga las palabras exactas para expresarlo. De todos modos me atreveré a escribirlo en la víspera de un día patrio. Hoy más que antes es necesario recrear las cosas bonitas y coloridas que son certezas en la vida.

El origen

En agosto de 1997 mis compañeros y maestros mexicanos de la universidad Iberoamericana me daban la bienvenida a la Ciudad de México. Algunos de ellos me invitaron a visitar un centro comercial por primera vez y con otros festejé las primeras fiestas patrias. Muchos apoyaron la decisión de quedarme a vivir en ese país, una vez concluidos mis estudios, aunque alguno insistiera en hacer valer lo establecido y que volviera a Cuba, mi tierra natal. México y su gente siempre hospitalaria me abrieron las puertas desde el principio para que me sintiera como en casa.

Lugares que invitan

Si de lugares divertidos y folclóricos se trata, El Tenampa, o algún otro sitio en Plaza Garibaldi, son ideales para bailar sin sombrero y a fuerza de mariachis. Es imperdible Xochimilco para pasear con amigos en una trajinera, pero mejor aún es comer los típicos tacos o las garnachas que venden durante la travesía. Hay que visitar las pirámides para entender el temple, la fuerza y la creatividad de la cultura mexicana. Por cierto, no pasaré por alto a Tepito, donde he comprado chácharas y, en su momento, alguna película pirata.

El Paseo de la Reforma es más hermosa que los Campos Elíseos de París. Alrededor de Reforma, en algunos tramos, se concentra una parte de la vida cosmopolita, agitada y la diversidad del mundo. Eso incluye alguna quinceañera festejando el arribo a la primera juventud. Quien visite el Palacio de Bellas Artes, aprecie su arquitectura y contemple los murales de Orozco y Rivera, no necesita conocer ningún otro palacio del mundo. Como si no hubiese ido antes, la memoria viva de Frida convida a pasar un rato en La Casa Azul. San Ángel es la zona para callejear sobre los adoquines, comer rico y casarse también, si quisieras tener una boda linda, diferente y sin excesos.

Cuando voy al norte del país, en Monterrey, imagino ser un jinete que cabalga el cielo montado en el Cerro de la Silla. San Cristóbal de las Casas y el Cañón del Sumidero en Chiapas, al sureste de México, son de los lugares más hermosos que he visitado en toda mi vida. Poco puedo decir de las playas que no se sepa. El paraíso está en la Riviera Maya, probablemente resguardado en algún cenote, mientras pasa desapercibido porque cualquiera se distrae con el azul del mar.

Costumbres y gastronomía

No hay como celebrar el Día de Muertos en Michoacán y visitar Pátzcuaro con amigos mexicanos para ir al cementerio a media noche. Allí las familias esperan que sus muertos les visiten. Si de tradición se trata, los alebrijes son mis animales favoritos, porque entremezclan la realidad y la ficción con diversidad de formas y colores. Una escena mexicana, pero de la vida diaria, está en manos de las mujeres al rizarse las pestañas con una cuchara, mientras van al trabajo en el transporte público. Nunca había visto un despliegue de femineidad tan inocente y presumido como ese.

Los chilaquiles con pollo son mi platillo favorito del mundo. Compiten con ellos los chiles en nogada, una exquisitez de la época patria. Dicen que fue en Puebla donde surgieron estos chiles, una ciudad colonial, de donde son las ricas cemitas, pan que conocí gracias a mis amigos poblanos con los que quisiera estar siempre. No puedo olvidar la cochinita pibil de mi madre mexicana, mi Bety querida, aunque el pastel azteca del gran Óscar, su hijo, está en el listado de los antojos más codiciados.

Un pasaje oscuro

Mi mamá, la autora de mis días, siempre ha insistido en las tres gracias de México: sus panes, sobre todo el pan dulce, los postres y las flores. De esas pequeñas cosas que le provocan ganas de volver nuevamente. Aún sin conocerlo, fue ella quien le suplicó a un amigo que tendrían que hacer hasta lo imposible por llevarme de regreso a México cuando fui deportado a Cuba. «No he vivido la magia de ese país, pero mi hijo tiene que volver allí», le escuché decir.

Regresé de vuelta a La Habana en el 2000, después de terminar mis estudios, pese a que dicen que en México todo se puede. Sin embargo, me consta que no todos los funcionarios públicos son corruptos. Quien firmó mi deportación, un señor elegante, decente y muy profesional, autorizaría mi retorno nuevamente cuando se solicitara un visado de trabajo. Si hubieran pasado más de tres meses en ese entonces, me muero por falta de dulzor y color, esos que advirtió mi madre en los panes, los postres y las flores.

¡Sí, yo soy mexicano!, a la manera de Chavela Vargas, por eso coincido con ella:

Los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana

La gente sencilla y los ilustres

Marta y Berta, son dos de las guerreras que ayudan en el hogar de muchos y nos regalan un pedazo de su maternidad. Con ellas los que fuimos extranjeros tenemos familia mexicana. Ambas se hicieron de su propia casa con el esfuerzo de su trabajo. Aunque hay guerreras mexicanas más silenciosas. Nunca olvidaré a una señora temerosa que me dio la mano, apenas rozándome con sus dedos, y con lágrimas en los ojos. Quería agradecer cuánto provocaba mi sesión sobre «Inteligencia emocional» en su vida. Por otra parte, los hombres suelen ser bastante machos. No obstante, mientras lo demuestran, idolatran a Juan Gabriel, un mexicano impar, sin importarles algún visaje distinto al de sus esquemas preconcebidos. Ellos abrazan con tanta fuerza que necesitan dar un segundo apretón de manos, después de abrazar, para suavizarlo.

Mis alumnos trabajan como si no existiera el mañana, participan con compromiso, pero lo mejor – hayan estudiado o no la lectura sugerida – agradecen la mínima acción por aportarles a sus vidas. Las personas con las que trabajo en la empresa comparten abiertamente sus inquietudes y más tarde invitan a una cena, demostrando complicidad y confianza. Por su lado, los colegas demuestran paciencia y respeto cuando uno argumenta y grita más que ellos, creyéndonos un poco el ombligo del mundo. Con los vecinos jamás uno siente que nació en otra geografía: preguntan por mi familia y alguna me pide permiso para que sus padres recen por los míos. Los mexicanos son profundamente esforzados, agradecidos y atentos, aunque cuiden sobremanera las formas y su acercamiento.

Con Carlos Monsiváis coincidí durante unos minutos en un ascensor; algo me preguntó con curiosidad y bastó para sentir una mente agridulce y brillante. No podía ser sino de origen mexicano. He conversado alguna vez con Carmen Aristegui, negándome a hablar de política, inseguridad o economía. “Yo prefiero la poesía a hablar de corrupción, inseguridad o inflación”, le dije. Ella sonrió gentilmente y hablamos sobre la vida, de algún poema de la Loynaz (Dulce María) y de la necesidad de conciencia positiva frente a lo adverso, cuando se vive con incertidumbre y a gran velocidad.

En este país hay tanta fuerza cultural e intelectual que la tierra tiene que temblar.

México Lindo y Querido, si muero lejos de ti,

que digan que estoy dormido y que me traigan aquí.

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